(Decisión)
Su nueva alumna sabía cómo perturbarlo. No es que fuera una tarea difícil, ni que ella tuviera intenciones de seducirlo de verdad, sino que simplemente eso parecía divertirla. Era inteligente, tan sólo un poco dispersa, y si de algo se enorgullecía Sebastián era de tener paciencia con sus alumnos.
Por un lado le asombraba que una incipiente mujer de extraña belleza malgastara miradas insinuantes y sonrisas en alguien como él.
Por otro, y esta era la parte que sentía perturbadora, lo llenaba de interrogantes el que aquella niña intentara ponerlo incómodo sólo por placer.
¿Qué haría si él acusara recibo de las oleadas de seducción e intentara aprovecharse de ella? ¿Sería capaz de manejar la situación?
Sebastián se descubrió haciéndose demasiadas preguntas respecto de una escena que debiera ser perfectamente cotidiana. Daba clases a chicas de la edad de Sofía Salcedo todo el tiempo y nunca le había sucedido nada semejante.
La naturaleza humana siempre fue motivo de desespero para la mente de Sebastián. Le era tan incomprensible que en su afán por dilucidarla sólo obtenía atroces dolores de cabeza.
Por esa razón comenzó a enfocarse en las Matemáticas. Prefería el calculable mundo de los números a la impredecible volubilidad del alma. Los números, con todas sus incógnitas y variables, no podían lastimarlo.
Y ahora Sofía, que pretendía jugar con él como con un ratón asustado. La Emperatriz Infantil, harta de caprichos asequibles, se aburría en su Torre de Marfil. Era tan transparente... creyéndose misteriosa. Tan lejana de Lu casi tanto como él mismo.
No había vuelto a verla, y el dolor de esa ausencia cotidiana era más dulce que la certeza de no poder alcanzarla pese a tenerla frente a sus ojos. Al menos estaba el posible mañana, vislumbrar sus rasgos, estudiar su gesto, soñar que quizá sus miradas volviesen a tropezar y Ella lo reconociera con una sonrisa.
"Otra vez aquí". Sebastián bajó del colectivo apesadumbrado. Esa niña arruinaba los pocos momentos de placer que solían representar para él enseñar a los demás algo que le fascinaba.
Mientras caminaba las cuadras que le faltaban, Sebastián intentaba convencerse de que no podía ser tan difícil ponerse firme, hablarle directo, dejar las cosas en claro. Explicarle que ella podría sacar mejor provecho de sus clases si dejara de comportarse como una... perra. No, no podía decirle eso. Bueno, pero algo parecido.
Ya estaba frente al chalet. Avanzó despacio. Las baldosas amarillentas le parecían hostiles. Sentía estar transitando la última milla hacia su condena. Suspiró y tocó timbre.
La puerta se abrió y la madre de Sofía le sonrió con gesto cansado.
- Hola, Seba, pasá. Sofi está terminando de bañarse. ¿Querés tomar un té mientras esperás? No, si no es molestia, por favor. Estaba por tomar uno y no me gusta hacerlo sola.
Se sentó a la mesa del comedor mientras Norma traía una bandeja con dos tazas de porcelana y una tetera humeante.
- Contame cómo va Sofi, por favor, que mi marido se pone de nervioso con estas cuestiones... A mí me parecen más normales, pero él es un tanto chapado a la antigua, viste? ¿Azúcar?
- ¿Eh...? Sí, por favor. -respondió desorientado- Sofía aprende rápido. Es un poco... distraída. Pero sería cuestión de llamarle la atención.
- Ay, si... Es que ya sabés cómo son las adolescentes de hoy en día... Debe tener quinientas pavadas en la cabeza. Seguro hay un chico rondando por ahí, porque hace poco vino con un tatuaje... - Norma sorbió su té, compungida- Ella es rebelde, pero esas cosas se deben a una mala influencia.
Sebastián bebió de su taza con lentitud. No pensaba responder. Creía tener una leve noción sobre adolescentes hasta que conoció a Sofía. Un chico... él sospechaba que la niña apuntaba a algo mayor.
- Vos, que sos joven ¿no tratarías, como quien no quiere la cosa, de sonsacarle algo? Quizá si entra en confianza te cuenta cosas que a nosotros no puede... - Norma lució la mejor sonrisa de que era capaz en ese momento.
Sebastián se atragantó con el té, visiblemente horrorizado. ¿Preguntarle algo? ¿Entrar en confianza con ella? Eso era terreno pantanoso, esa mujer no tenía idea de lo que le estaba pidiendo.
Cuando pudo dejar de toser, la miró con aire suplicante.
- No me pida eso... Yo no puedo prometerle nada...
- ¡Hola, profe! -Sofía irrumpió escaleras abajo con el pelo húmedo enmarcando su rostro.
Su madre retiró la bandeja en silencio, no sin hacerle un gesto cómplice antes de perderse en la cocina.
Sebastián sintió deseos de huir despavorido pero Sofía esgrimió en el aire su cuaderno de ejercicios, le sonrió complaciente y le prestó una lapicera.
- Fui una buena alumna y los hice todos. Así tenés pruebas para mostrarle a mi papi que sos un buen profesor.
Sebastián la miró asombrado, sin saber qué decir.
- La cuestión no es esa, Sofía...
- ¡Sofi! !Seba! Me voy hasta el súper, vuelvo más tarde así los dejo estudiar tranquilos.- Anunció Norma, casi guiñándole un ojo.
Sebastián sintió deseos de estallar en mil pedazos. Sofía rió a carcajadas.
- Parece que nos quedamos solos, profe...- le sonrió muy de cerca pese a sus vanos esfuerzos por corregir los ejercicios.
Lo que ocurrió a continuación, Sebastián nunca se lo hubiese esperado, pero después lo recordaría con orgullo como algo que debía hacerse, y a la vez como si hubiese sido otra persona la que tomara las riendas de la situación por él.
Sofía jugaba con un bucle entre sus dedos y lo observaba divertida. Casi parecía estar alimentándose de su incomodidad, sus nervios, su creciente desesperación. Sus sillas estaban casi pegadas, sus cuerpos se rozaban de tanto en tanto.
Ella, sin dejar de sonreirle un instante, se acercó a su rostro tanto como creía que podía hacerlo sin que él saliera corriendo. Entonces pareció darse cuenta antes que sucediese. Parpadeó numerosas veces, confundida.
La mirada de Sebastián súbitamente parecía la de un animal furioso a punto de lanzarse sobre su presa. No tuvo tiempo de alejarse porque él la sujetó por la cintura con firmeza y se acercó más de lo que ella hubiese osado. Sus labios distaban a escasos milímetros.
Sofía sintió el miedo atragantarse en su pecho. Lo único que rogaba era que su madre regresara en ese mismo momento. No podía reaccionar de ninguna manera y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Sebastián sintió cómo el miedo se apoderaba de ella y volvía a trasformarse de perra manipuladora a niña pequeña. Pero supo que aún no era suficiente escarmiento. Unos segundos más... que su cabeza se poblara de todas las preguntas que jamás se hizo.
Cuando vió que sus ojos se inundaban, se alejó unos centímetros y la miró casi con expresión paternal. Las lágrimas rodaron mejillas abajo y Sofía comenzó a reir de alivio, porque no había qué temer.
Se sonrieron al unísono, con una confidencia que nunca habían sentido antes. La sonrisa de Sofía decía "gracias". La de Sebastián, "de nada, tonta".
















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